Nanyelly Zaldívar Sobrevilla: Una mirada a mis procesos de aprendizaje a lo largo de la vida

Actualizado: oct 11


Nací un 5 de octubre de 1976, con una sensibilidad hacia la vida y hacia la tierra. He vivido en armonía con la naturaleza; he sido y soy parte de un planeta vivo.


Nanyelly Zaldívar Sobrevilla: Una mirada a mis procesos de aprendizaje a lo largo de la vida
Revista DGEPE

No es cierto que los seres humanos somos seres racionales por excelencia. Somos, como mamíferos, seres emocionales que usamos la razón para justificar u ocultar las emociones en las cuales se dan nuestras acciones.

--Humberto Maturana



Mi Tierra Patria


Uno de los nueve dragones de la mitología china es el Dragón de la visión cósmica, nos invita a conocer y reconocernos como humanos, preguntarnos “¿quiénes somos?... ¿dónde estamos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?...” (S.I., 2007,p.5).


Creo que nací con una sensibilidad hacia la vida y hacia la tierra. Desde muy pequeña, hasta donde mi memoria alcanza a recordar, me veo queriendo mucho a los animales, siempre estuve acompañada de un gato, un pollo, un perro; iba a los árboles y tomaba orugas y me las llevaba a mi casa, las guardaba en el ropero y les daba agua y hojas hasta que mi mamá las encontraba y las sacaba. También me gustaba coleccionar piedras con formas extrañas y entre ellas siempre había un cubierto de metal, no sé por qué, nunca había tenido clases o conocimientos sobre minerales, pero los asociaba con las piedras.

A los nueve años me fui a vivir con mi abuelita materna y a los pocos meses nació Rosita, mi primita con la que crecí. Mi abue tenía un patio grande donde sembraba plantas, también había árboles de plátanos y naranjas; nuestro desayuno y cena de la mayoría de los días fueron plátanos fritos, plátanos hervidos, machuco que es el plátano macho verde, hervido y machacado, con azúcar o cocinado con jitomate, cebolla y chile; aprendí a cuidar las matas de plátano, a ponerles estacas cuando ya tenían una penca para que no se quebraran por el peso, a estar atenta por las noches y que en caso de escuchar ruidos en el patio salir porque había gente que se robaba las pencas, sabía el momento preciso en que había que cortarlas y colgarlas a medio sol para que terminaran de madurarse. Mi abue me heredó su amor por las plantas, yo sembraba con ella, tenía muchas, cuando visitaba a sus amigas, comadres y familiares siempre volvía con una patita de alguna planta (así le llamaba al esqueje); tenía con flores y sin flores, pero las que más abundaban eran las dalias (sus favoritas y ahora las mías) y las rosas; pero además esa admiración por los vegetales ha aumentado a través del conocimiento práctico y teórico que he ido desarrollando al paso del tiempo. “No existe hábitat terrestre en el que los vegetales (entendidos en el sentido amplio de organismos capaces de realizar la fotosíntesis) no hayan conseguido arraigar e introducir la vida. Desde los hielos de las regiones polares a los desiertos” (Mancuso, 2019, p. 19).


En nuestro pueblo no había agua entubada y las plantas la necesitan para vivir así que les echábamos la que sobraba de los trastes y la jabonosa que se sacaba de lavar la ropa, y por lo menos una vez a la semana yo acarreaba de un pozo agua limpia exclusivamente para las plantas; las flores siempre fueron grandes y hermosas, ahora que he estudiado el cultivo de las plantas entiendo que el agua jabonosa les servía para matar plagas; también las sembrábamos en el cementerio, donde se había sepultado a la hija de mi abue, mi tía Rosa, que no conocí, era un jardín desde la entrada, con flores de todos colores, y cómo no, si íbamos todos los días a chapear, a sembrar y regar; el sacerdote elegía cada año, en día de muertos hacer la misa en la tumba de mi tía y exaltaba lo hermosa que estaba.


Mis tíos son ganaderos y nos daban la carne y el queso, la manteca y la masa, que era la base de nuestra alimentación. Mi abuelita ponía a secar la carne porque debía durarnos muchos días. Ella o yo hacíamos bocoles con manteca de puerco y los acompañábamos de frijoles, queso y desde luego, carne. Cuando no había plátanos para cenar preparábamos bocoles de dulce, que son gorditas de harina con manteca de puerco, azúcar y si había le agregábamos piloncillo, y siempre café negro porque no teníamos dinero para la leche y nadie nos la daba. También teníamos puercos, casi siempre una puerca cargada (preñada), yo traía una cubeta de suero, que es el líquido que se le escurre al queso cuando se prepara, todos los días para ellos, que les ayudaba a engordar y a refrescarse. Cuando la puerca paría se vendían los puerquitos y mi abue compraba lo necesario para la casa, además, tuvimos algunos de engorda que se venden a los carniceros para que los maten y vendan su carne, cuando vendíamos nuestro puerco para que fuera sacrificado; la noche en la que lo iban a matar yo dormía muy poco, y en medio del silencio del pueblo de repente se oían unos chillidos espantosos, era mi puerquito gruñendo y yo lloraba por él, a la mañana siguiente aparecían las piernas colgadas en la carnicería de mi tío y yo iba a traer la carne y la manteca.


No tomábamos refresco, ni siquiera agua de frutas, siempre agua simple y café negro; no comíamos otro tipo de fruto o verdura que no fuera lo que había en el patio, tampoco comprábamos comida chatarra, nada de dulces, frituras o empaques, ni se nos ocurrían, ni se nos antojaba, además no había dinero para eso.