Nanyelly Zaldívar Sobrevilla: 'Adiós, papá'

Actualizado: 25 de abr de 2020



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Revista DGEPE

"Ahora todos los días sueño con él, pero él no me habla; solo veo cómo hace sus cosas. Lo recuerdo todo el día. A veces hasta olvido que ya no está, y siento que lo voy a encontrar en su cuarto".

Por: Nanyelly Teresa Zaldívar Sobrevilla.


Xalapa-Enríquez, Ver. 20 de abril de 2020.

Hace diez días perdí a mi papá. Fue todo repentino, o al menos lo fue para mí.


Yo esperaba la temporada de calor, porque el frío le hacía mal. En las noches le decía: “papacito, ya te vas a mejorar; ya viene el calor”, y rezaba con él. Él repetía mis palabras y luego se quedaba dormido.


Todos estos días me he preguntado qué fue lo que pasó. Su médico me había instruido: sabía qué hacer cuando le subía la glucosa; cuando su cerebro necesitaba oxigenarse; cuando dejaba de hablar. Cuando sus heridas se ponían feas; cuando no podía respirar... Yo tenía todo bajo control.


El doctor Hugo lo llamaba 'El Gato', porque había resistido muchas situaciones difíciles. Una vez me dijo que mi papá tenía un corazón muy fuerte, y que eso lo mantenía vivo. También me dijo que mi papá tenía un ángel que no lo dejaba irse. Mi mamá decía que mi papá deseaba vivir porque se sentía querido. El día que murió, todo parecía estar mejorando: desayunó y estuvo muy tranquilo. Paradójicamente fue su corazón el que se fue apagando, y no supe qué hacer. No estaba preparada para impedir que su corazón se detuviera.

Mi papá fue un hombre fuerte y trabajador; creyente en Dios y en la Virgen. Cometió algunos errores, sí... porque le gustaba vivir intensamente. Nuestra familia se separó cuando éramos niños. Mi hermanito se quedó con él y yo me fui con mi mamá a Temapache. Por muchos años no supimos más de ellos, hasta que crecimos. Pienso que mi hermano fue quien decidió buscarnos.


Yo estudiaba mi último año en la normal cuando regresaron a mi vida, y los recibí con mucho cariño. No nos volvimos a separar.


Mi papá vio nacer a mis niñas y ellas lo vieron envejecer. Estuvimos con él cuando su mamá y hermanos fallecieron. Fue un abuelito cariñoso; quiso mucho a sus nietos, 'los enanos' y las 'viejillas payasillas'. Mi papá y mi hermano siempre me hicieron falta; es por ello que estaba agradecida por que mi familia al fin se reuniera. Fueron años bonitos.


Él me acompañó en muchos momentos. Cuando volvía de las marchas o los campamentos él me decía: “He escuchado que van muy bien; que van ganando”. Se refería a la lucha y yo sonreía. Obviamente nadie le había dicho eso, pues en realidad éramos perseguidos y señalados.


A mi papá le gustaba escucharme en los mítines. Me acompañaba a las reuniones y se sentaba a observarnos, o se quedaba con las niñas. Mi hermanito me contó que mi papá me recordaba siempre... Decía que yo era el amor de su vida. Yo me acostumbré a su presencia; a su salud física y mental, las cuales se fueron deteriorando poco a poco. Me dolía ver como se iba olvidando de su vida... esa vida que tanto disfrutó.


Le gustaba escuchar a Johann Strauss, a Louis Armstrong, a los Rolling Stones y a Édith Piaf. Una vez me dijo: “Yelly: hazme un disco con las caciones de Édith Piaf”. Yo le contesté que se las pondría en una memoria (porque los discos ya no se usan). Le compré el aparato que las reproduciría, pero nunca recopilé las canciones que le gustaban. Estos días he soñado que mi papá reproduce esa música en el aparato que le compré, mientras lo escucha en su cuarto.


Mi papá se fumaba una cajetilla de cigarros Alas blancos cada día. Adoraba el dulce. Le encantaban las chuletas de res y la Coca-Cola. No le gustaba el pollo.


La vida de un viejito cambia la dinámica de la familia, pero nunca me pesó. Lo cuidé con amor. Sabía que algún día el final llegaría, pero creí que faltaba mucho. Creí que mis cuidados bastarían para mantenerlo vivo. Lo último que mi papá olvidó fue a su mamá, a su hijo (a quien gritaba: '¡Mario!') y a sus cigarros.

La tarde que mi papito murió estábamos todos en casa. Mi hermano se acababa de ir. Yo descubrí que algo andaba mal. Lloré y grité, pero cuando comprendí que él se estaba yendo me concentré en controlarme. Me acosté a su lado y le hablé al oído. Le dije que si él ya se quería ir, que lo hiciera; que se reuniría con sus papás y hermanos. Pero que si se quería quedar, yo lo seguiría cuidando. No sé qué pasó, pero se fue.Yo escuché cómo su corazón se fue apagando; escuché su respiración lenta, y finalmente escuché dos ruidos en el fondo de su cuerpo, que no puedo describir.


Mis niñas, mi mamá, Héctor, Esbeidy, Mine y yo lo rodeábamos. Yo le dije (entre muchas cosas) que lo quería mucho y que nunca lo olvidaría. Luego de eso, él cerró sus ojos.


África me ayudó a entender que ya se había ido y que no podía hacer ya más nada. Lo cambié, lo abracé, lo acaricié y lo despedí.


Ahora todos los días sueño con él, pero él no me habla; solo veo cómo hace sus cosas. Lo recuerdo todo el día. A veces hasta olvido que ya no está, y siento que lo voy a encontrar en su cuarto.


Yo no soy capaz de decir lo que he oído decir a otras personas cuando pierden a un ser querido: “Ya está descansando". Yo quisiera regresar el tiempo y saber qué fue lo que dejé de hacer.


Nunca me gustaron los rezos a los muertos, ni creí en todo ese ritual que les hacen; sin embargo, se lo hice a mi papá porque quiero creer que eso lo ayudará... y que volveré a verlo algún día. Me obligo a pensar eso, para que el dolor sea menos fuerte.


“Pobrecito de mi papacito”, le decía cuando lo veía sufrir, y lo besaba. Él me miraba y creo que por eso vivía.

He recibido muchas muestras de afecto que hoy quiero agradecer: Cada flor y cada mensaje me reconfortaron.


Gracias, amigos y familia. Comprendo que muchos de ustedes no pudieron estar con nosotros, debido al difícil momento que nuestro planeta enfrenta. Gracias a quienes a pesar de la contingencia fueron a verme, y me dieron una palabra de aliento... e incluso un abrazo. Yo soy así: soy la clase de persona que obedece al corazón y desobedece a la razón; de las que se lanza a estar con quien quiere estar. GRACIAS a quien estuvo conmigo: recuerdo cada palabra, cada gesto, cada mensaje...

Gracias a mi mamita... que olvidó el pasado y cuidó a mi papá al final de sus días. Gracias a Esbeidy, que me ayudó como si hubiera sido de mi familia. A mi hermanito y su familia, quienes sé que sufren su ausencia. A Héctor, mi esposo, que hizo lo que yo no podía hacer en esos momentos. A mis niñas y a mis niños, por haber hecho feliz a mi papá. A la familia de mi esposo, que no nos dejó solos. A mi tía María, que siempre ha estado conmigo, y a mi tío Carlos. A mi familia, que sufrió conmigo en la distancia. A la familia de mi papá, por sus oraciones. A la maestra Lilí, a Gris, a Hernan y a Anita. A mis amigas, que no dudaron en acudir a mi lado, y me ayudaron a hacer todo lo que se debía hacer. Especialmente a mi amiga, la maestra Mary Cruz, porque fue la primera en llegar a consolarme en casa cuando mi papito acababa de morir... y ha estado escuchándome desde entonces.


A Mine, a la maestra Bere y a Judith, por todo su trabajo y apoyo. A mis amigos y camaradas Luz, Livia, Gela, Magda, Judith De La Luz, Mago, Jorge, Iván, Reyes, Clemencia, Deyanira, Marvin... A mi gran amiga Carmen. A Ignacio, Leo, Zuli, Sandra, Gil. Al maestro Miguel Córdoba. A las maestras Maribel, Chuy, Karla... A Miguel Sobrevilla, Víctor Vargas, Pasarán, Miguel Ángel Ochoa, Nava, Hugo, Gilberto Corro, Fano y a don Luis.


Gracias, maestra Yoli, por su sensibilidad, y por saber lo que necesitaba mi cuerpo aquel instante. Agradezco de todo corazón a mis compañeros de la DGEPE y de la SEV. A los supervisores escolares por sus muestras de cariño en todo momento. A los sindicatos, que sintieron mi dolor y me enviaron mensajes de consuelo. A los maestros y maestras de todo el estado, que me enviaron toda clase de apoyo. A mis compañeros y amigos del Movimiento Magisterial; a mis amigos de morena. A mis compañeros y maestros del doctorado. A mi jefa, la maestra Maritza, por su apoyo y comprensión. A mi maestro Zen, quien es como yo (obedece a su corazón). A su esposa, la lic. Lili, y muy especialmente a mis camaradas de Coscomatepec, Huatusco e Ixhuatlán del Café (recibí con mucho cariño lo que me enviaron).

Gracias por este año de su atención y preocupación, dr. Hugo Soto. Con nada podré pagar lo que usted hizo. Gracias Afris, por tu profesionalismo y tacto con que te condujiste en ese difícil momento.

Este último año con mi papá aprendí a valorar cada instante de la existencia; a luchar por respirar y abrir los ojos; a agradecer a Dios por cada día. Comprendí que hay cosas que parecen sencillas, como decir una palabra, mover un brazo o una pierna; saborear una cucharada de miel o mirar a alguien que amas... pero en realidad son un regalo de la vida.


D. E. P. Mario Javier Zaldívar Pérez.


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